El Centenar de la Ploma i Teodoro Llorente Falcó

Per Javier Navarro Andreu

Teodoro Llorente Falcó naixqué en Valéncia, 15 de març de 1869, fon periodiste i escritor, sent el quart fill de l’ilustrat poeta valencià, En Teodoro Llorente i Olivares.

Treballà en el seu pare en el diari Las Provincias, que va dirigir des de 1911 fins a la seua mort. Es llicencià en Dret per l’Universitat de Valéncia i també colaborà en els periòdics ABC i La Ilustració Catalana, utilisants els seudònims Aradiel, Lucio, Juan d’Antany, Víctor Sánchez, Llevantí, Mateo, El setentón i Jordi de Fenollar, entre uns atres.

En els anys 30 i baix el seudònim de Jordi de Fenollar escrigué assíduament en Las Provincias, en una columna que portava per títul “En defensa de la Personalitat Valenciana”. Deixant-mos en ella apunts, anècdotes sobre la nostra rica història i reflexions interessants sobre el futur de la nostra llengua valenciana.

El 18 d’Octubre de 1930 escrigué un artícul titulat “La Compañía del Centenar de la Ploma”, que reproduïm integrament per la seua gran aportació de senyes per a conéixer una miqueta més l’entitat que custodià durant sigles la nostra Real Senyera.

Era la fuerza de carácter permanente con que contaba la ciudad la ciudad y llamábase (sic) de la Ploma, porque llevaban los que la constituían una pluma sobre el yelmo, Creóse (sic) este cuerpo, que tenía por Patrón a San Jorge, durante el reinado de Pedro IV, y ostentaba el doble carácter de Cofradía y de unidad guerrera. El Rey Juan I lo confirmó en sus privilegios, y perteneció, con su esposa, a la Cofradía.

Constituían esta fuerza cien hombres, reclutados entre los menestrales honrados, por los Jurados, a quienes correspondía su nombramiento. Lo mandaba, como capitán el Justicia de lo Criminal. Se les colmaba de privilegios, figurando entre éstos el uso de todas clases de armas, uno de los más apreciados en aquella época. Su uniforme era una sobrevesta blanca con la cruz roja de San Jorge en el pecho y la espalda; el blasón lo constituía dicha cruz y una ballesta, que era el arma principal de su uso.

Este cuerpo tenía su casa, situada en parte del solar que ocupa nuestro teatro Principal; todavía lleva el nombre de calle de Ballesteros, en recuerdo de estos soldados, la vía que recae el escenario del mencionado teatro.

Con el fin de adestrarse en el manejo de la ballesta de dichos soldados, la ciudad les regalaba copas y cucharillas de plata para que se las disputasen en concursos que revestían gran solemnidad, ya que andando el tiempo tomaban parte en ellos todos los naturales del reino o  avecidados (sic) en él, que lo solicitaban. Las copas algunas veces eran regalo del gremio de plateros, el cual para conceder el título de maestro entre los oficiales, imponía el trabajo de cincelar una copa; otras veces era entregada por el arrendatario de algún arbitrio y como obligación que se lo imponía en el contrato.

Casi al mismo tiempo que se creó la compañía del Centenar de la Ploma, creábase (sic) una compañía de a caballo, autorizada por el mencionado Rey Pedro IV en las Cortes de Monzón de 1376. En esta compañía entraban artesanos, nobles y plebeyos, aunque su duración fue de escaso tiempo. Entraban en ella diez hombres de paraje (nobles), treinta ciudadanos de la mano mayor, treinta de la mano mediana y treinta de la menor. De estos cien hombres, setenta habían de ser armados y treinta aforrados, que eran los de la última mano. Los primeros habían de tener caballo bueno, cota y espaldar, faldellín y bacinete, gamberas, quijotes, avambrazos y guardabrazos, guanteletes, lanza o venablo, espada y adarga;  los segundos, rocín, coraza con mangas de malla o de lana, goceletes y garjal de malla, bacinete a la ligera o babero, adarga, lanza o azagaya, espada y puñal o daga. La ciudad les daba para manutención del caballo veinticinco libras anuales.

Al introducirse las armas de fuego se creó otra compañía de arcabuceros, que juntamente con la del Centenar, pues la otra a caballo fue extinguida, constituyeron las fuerzas permanentes de la ciudad hasta la supresión de los Fueros, sin perjuicio de las fuerzas llamadas milicias, que eran las fuerzas de todo el reino y las encargadas de guardar las costas, y de las cuales otro día hablaremos, porque también tuvieron gran importancia e intervinieron en sucesos de mucha transcendencia en la vida valenciana.

 

 

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