La traducció impresa més antiga dels Llibres Sagrats fon la feta, en Llengua Valenciana

Un colofón volandero por Vicente L. Simó Santonja (Valéncia Hui)

Rodríguez de Castro afirmó en su Biblioteca Española, que la traducción impresa más antigua de los Libros Sagrados fue la hecha, en lengua valenciana, en 1478 por Bonifacio Ferrer, hermano de San Vicente, doctor en Sagrada Teología y en ambos Derechos, Civil y Canónico, y General de los Cartujos. Prohibida por la Inquisición, parece ser que todos sus ejemplares fueron quemados, salvándose del fuego exterminador, las dos últimas páginas, contenidas en un pliego de marca mayor, que notan la impresión y el año.

Es sobradamente conocido que en su conservado Colofón aparece la frase ‘arromançada en lo monestir de Portaceli, de lengua latina en la nostra valenciana’. No explicaré ahora las reproducciones de tal Colofón, completas o incompletas, de Pérez Bayer, Joaquin Lorenzo Villanueva, Mariano Aguiló, Conrado Haeble (‘The Valencian Bible of 1478’), Luis Tramoyeres Blasco, José Ribelles Comín, Manuel Sanchis Guarner, José Alminyana Vallés… En la actualidad se conserva en la ‘Hispanic Society‘ de Nueva York, pero ¿cómo pudo ‘volar’ hasta allí?. No todo el misterio, pero quizá parte de él puedan conocerlo los lectores que sigan leyendo.

El Colofón fue hallado en el Archivo de la Catedral de Valencia, en 1645, y no se conocen las vías por las que llegó al Cartujo de Portaceli D. Juan Bautista Civera, que lo insertó en su libro de los ‘Varones Ilustres del Monasterio’. En la exposición que celebró Lo Rat Penat en Valencia, en 1908, fue exhibido a nombre de Antonio Alapont, párroco de Benicalap, aunque el verdadero expositor era un labrador habitante en la alquería de Bellver, en el camino de Burjassot a dos kilómetros de Valencia. Todo hace suponer que con las progresivas exclaustración muchos objetos y papeles de la Cartuja fueron a pasar a casas particulares de los pueblos vecinos.

Tramoyeres explica, que el citado labrador vendió el Colofón original, por precio de dos mil quinientas pesetas, a cierto comerciante de antigüedades de Barceloma, y que posteriormente apareció en el Catálogo del conocido Hiersemann, ofrecido por ¡12.500 marcos!. Ribelles Comín completó la noticia, descubriendo que el adquiriente del Colofón fue el bibliófilo catalán Salvador Babra, “actual dueño y poseedor” (esto era el año 1915). ¿Qué pasó después?. Quizá podría seguir la investigación, porque un nuevo Catálogo (el nº 371) del citado librero de Leipzig, lo ofrecía (con el nº 168), en el lote conjunto con los “Anales de la Cartuxa de Porta Celi” del padre Civera, por la cantidad de 48.000 marcos. ¿Se trata de un error, o de que Babra, utilizaba a Hiersemann como intermediario, para que el Colofón siguiera volando?.

Si me permiten aterrizo el vuelo. Hoy tenemos tan sólo el Colofón de una ‘Biblia en vulgar’, como al tiempo de traducirla se decía, porque en su día fueron quemados los ejemplares al paso. Habría que retroceder en el tiempo, al Sínodo de Toulose, que en 1229 ya prohibía la lectura de los Evangelios a los laicos, creyendo que así luchaba mejor  contra albigenses y valdenses. Luego se pensó que la lectura de la Biblia, por gente vulgar, sin preparación suficiente, podía llegar a conclusiones no sancionadas por la autoridad eclesiástica. Quizá, si lanzados por la vorágine algunos herejes no se hubieran echado al monte, llegando a renunciar a toda clase de libros e iglesias (los pseudo-apóstoles), hoy tendríamos la suerte de tener completa la Biblia en lengua valenciana, de Bonifacio Ferrer. Pero a toro pasado, es fácil torear, aunque los toros sigan siendo ciertos.

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