Monedas de la Ciudad y Reino de Valencia

Por Ricart García Moya (Libro: Tratado de la Real Señera)

La numismática es una ciencia auxiliar de la vexilología, ya que el análisis de las monedas más características de una nación permite conocer las armas heráldicas de su bandera; pero ¿cómo distinguir las piezas con su simbología autónoma? Muy fácil, las monedas “características” de un reino repiten a lo largo de los siglos una misma heráldica, mientras que las otras piezas surgen esporádicamente con simbologías extrañas.

La concordancia heráldica en monedas y banderas fue un hecho en los estados europeos de los siglos XV y XVI. Por ejemplo: los reinos de Castilla y León ostentaban sus símbolos “parlantes” en enseñas y monedas; el de Francia se distinguía por la flor de Lis en acuñaciones y estandartes; la moneda de Sicilia era reconocida por las barras y águilas; el reino de Navarra tenía sus cadenas; recuerdo de la batalla de Navas; los mallorquines alternaban barras y castillos. Así podríamos extendernos en una larga lista de reinos europeos, en que el nuestro no era una excepción.

Las primeras monedas del reino cristiano de Valencia imitaron al modelo de la ciudad-república de Florencia. Es conocido de los aficionados a la numismática medieval la gran influencia que ejerció en los siglos XIII y XIV la moneda florentina; hecho recogido incluso en enciclopedias divulgativas:

“La moneda más influyente del medievo fue el florín de oro, acuñado por primera vez en Florencia (1252) adornado con la figura de San Juan Bautista en el anverso y la flor de lis florentina en el reverso, que después se extendió a otras partes de Europa” (Nuevo Diccionario Enciclopédico, Madrid, 1985, p. 3778)

Por consiguiente, la moneda valenciana imitadora de la florentina no era representativa de la heráldica del Reino. Sin embargo, en época de Juan II (1387-1396), y alternando con el florín, surge el real de plata valenciano; modelo que al ser cuñado después de 1377, incorpora la corona real sobre barras. La composición perduraría hasta tiempos de la Guerra de Sucesión, ya que durante el breve reinado de Carlos III de Austria salió la ceca un modelo idéntico a los medievales. El losange coronado llevaba sólo dos barras sobre tres, por ser modelo acuñado en el siglo XIV y ser concordante con la primitiva Senyera.

El timbre heráldico del Reino -el Rat Penat- es incluido en más de un ejemplar. Mateu y Llopis menciona un documento sobre moneda acuñada en 1480 en que aparecen “les armes reyals ab lo rat penat”; esto es, similar a la composición que en fecha tan tardía como 1809 se acuñara con valor de real de a dos (Mateu y Llopis, F.; La moneda del Reino de Valencia. Valencia, 1977, p.22)

El Rat Penat también fue marca de algunas piezas valencianas; estas señales “suelen aparecer en el campo de las mismas, o bien entre las leyendas de sus orlas” (Cayón, Juan; Las monedas Españolas, Madrid 1983, p.178), siendo la más usuales la cruz patriarcal (sumisión a la Iglesia), trebol, flor de lis, cruz griega, etc. Precisamente bajo el reinado de Felipe V de Borbón (después de once años de la pérdida de los Fueros) salieron de la ceca valenciana unas monedas que mostraban en el anverso las armas de Castilla, León y la flor de lis borbónica; sin embargo, estos cuartos y ochavos de 1718 incluían una figura bien conocida por los valencianos; el murciélago, timbre heráldico del Reino. Aunque discretamente situado entre dos florones y a la izquierda de las armas castellanas (ley heráldica derivada del Decreto de Nueva Planta en 1707) representaban un avance en la recuperación de la simbología propia.

Es interesante la pervivencia del Rat Penat como singularismo de la heráldica regnícola valenciana en el siglo XVIII, cuando Aragón y Cataluña (ésta última, impropiamente) usaron las barras coronadas. Algunos heraldistas, ignorantes del valor y primacía que supuso la donación de la corona en el siglo XIV, pensaron que la única diferencia consistía en el vespertilio; es el caso de Antonio Brochera en su “Escudos de los Reinos”.

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