El valencià NO és un producte de reconquista o repoblament migeval

José Ángeles Castelló, va nàixer en Valéncia en 1930 i va faltar el 15 de novembre de 2011. Doctorat en l’Universitat de Valéncia, en premi extraordinari, l’any 1960. Dedicat des d’un principi a la docència, la va eixercir inicialment en la mateixa Universitat valenciana, continuant-la en els Estats Units d’Amèrica, en l’Alverno Collage (Milwaukee, Wisconsin) i en l’Universitat de l’Estat de Florida, en la que va conseguir la màxima categoria acadèmica, sent cap de la Divisió d’Estudis Hispànics, de 1973 a 1977. En este últim any es va incorporar, de nou, a la docència oficial espanyola, i va ser catedràtic de Llengua i Lliteratura Espanyola en el I. de B. Clot del Moro de Sagunt.

Va colaborar en volums colectius sobre Pérez Galdós, Jorge Guillén i Juliol Ricci, i en atres d’homenage a colegues seus. Ha publicat numerosos artículs i treballs d’investigació en les revistes Hispània, Atenea, Revista de Lliteratura del C.S.I.C., Hispanic Review, Insula, Duquense Hispanic Review, Revista d’Estudis Hispànics, Kentucky Foreign Language Quaterly, World Lliteratura Today, etc.

Extracte del seu llibre Fundamentación Metodológica de la Lengua Valenciana, publicat per  Grup d’Albaes Cultural els Llauradors de Torrent, 1993.

ROMANCE VALENCIANO PREJAIMINO

La tesis del dialectalismo de la lengua valenciana, que supone que ésta es catalán trasplantado, se encuentra con dos serios escollos: el del habla anterior a la conquista y el del natural dinamismo evolutivo inherente a todo idioma por el hecho de estar vivo. Unas observaciones mínimas sobre estas dos cuestiones.

La idea del trasplante idiomático colisiona con la presencia, cada vez más evidente, de una lengua romance anterior en la que tendría que integrarse. Por eso es imperativo negar o minimizar el papel jugado por los mozárabes en la historia lingüística valenciana. Así se negará la historicidad de San Pedro Pascual, mozárabe ilustre de obra conservada, antes de la llegada de los repobladores, o se lanzará con el mayor desparpajo la acientífica tesis del “rupturismo histórico” del devenir valenciano, según la cual unos cuentos miles de invasores tomaron posesión de un país absolutamente vacío de gentes y cultura. O se llevarán los razonamientos al límite de la inconsistencia para explicar las diferencias en función de las lenguas prerromanas (por completo desconocidas, o casi), para esquivar la aceptación de que se deben a la presencia, o no, de “mozárabes” en las distintas zonas. Un pueblo prejaimino que en buena parte habla una lengua romance, que con el tiempo será un componente del valenciano hablado opone ciertas objeciones de fuste al concepto del transplante total de un idioma. Y sin embargo, la existencia de ese romance prejaimino deja poco espacio a las dudas. No hace mucho, Leopoldo Peñarroja, uno de los más autorizados especialistas en cuestiones de filología valenciana, ha escrito categóricamente: “la historia, con datos pormenorizados, confirma que el valenciano no es un producto de reconquista o repoblación medieval. Pensarlo hoy así es, a lo sumo, un acto de fe, no una deducción científica”.

El tema, para mí muy tentador, excede a la ocasión, de modo que me limitaré a observar que las jarchas que durante los siglos XI y XII (es decir, antes, durante y después del supuesto vendaval almorávide que debió hacer tabla rasa con toda la cultura de la España islámica) se extiende por todo Al-Andalus, desde Lérica hasta Málaga y desde Murcia a Tudela, sin excluir Shark Al-Andalus, sobre el que se institucionalizará el Reino de Valencia, suponen, como formula don Emilio García Gómez, una cultura bilingüe.

Cuesta, en fin, entender que en una perspectiva científica se niegue una realidad tan consistente como la que han estudiado, entre otros, Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Pérez de las Cágigas, José Antonio Maravall y Antonio Ubieto, en el plano histórico; Puig y Cadafalch y Pijoan, en el artístico; Menéndez Pidal y Solá-Solé en el filológico; García de Diego y Zamora Vicente en dialectológico; Dámaso Alonso, Frenk de Alatorre y Emilio García Gómez, en el literario; y Lévi Provençal, Julián Ribera y Así Palacios, en el de los estudios arabistas. Sobre los mozárabes valencianos han escrito Galmés de Fuentes, Mourelle de Lema, Ernesto Veres, Sanchis Guarner, Antonio Ubieto, Leopoldo Peñarroja y Gómez Bayarri. Estos dos últimos, autores de sendas tesis doctorales defendidas recientemente y destinadas a imponer la luz en tan importante cuestión como la existencia de un habla romance prejaimina. Y si esta brillante nómina de eruditos investigadores, más que olvido y los que elido, parece exigua puede completarse, con los casi tres centenares y medio de títulos que cita Solá-Solé en su libro sobre las jarchas. Cómo puede negarse, o ignorase, esa realidad, digo que se me escapa.

Una última reflexión en este punto. Si se compara el mapa político de los condados pirenaicos orientales a mediados del siglo XI, cuando se inicia la expansión reconquistadora por aquellas tierras, y el del denominado “dominio lingüístico del catalán”, se observará la coincidencia de la “Cataluña propia” o “Marca Hispánica”, donde hubo mozárabes, con el área del catalán oriental, mientras que el del catalán occidental se corresponde con el de la España sometida al Islam, durante cinco o seis siglos, con un innegable estrato lingüístico romance, mal llamado mozárabe, existente, sin lugar a dudas, para todos los romanistas serios no comprometidos con las tesis catalanistas.

Compárense los mapas, digo, y descártese la coincidencia como algo aleatorio, carente de significado histórico, o explíquese en términos científicos o, simplemente, de coherencia lógica.

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